Sor Juana Inés de la Cruz es la invitada de Simón Rodríguez, el maestro. Apenas algunos centímetros los separan, curiosamente. Detrás de Sor Juana, ataviada como es debido en un sencillo y no por eso menos solemne vestido clerical, en el pizarrón aparecen algunas líneas recogidas de su obra. Simón, desnudo, como si se tratara de un personaje clásico, da la bienvenida, galante y juguetón. El público está compuesto por los espectadores que somos y algunos niñxs dispares. En la primera fila reconocemos a Manuela Sáenz y Simón Bolívar, arropados por tres legumbres, humanizadas en cierta forma: se trata de Choclo, Zapallo y Zanahoria Rodríguez, hijos del gran maestro, que amaba la naturaleza, está claro.

Sobre el costado, la escena se fractura, como en una novelita rosa. Niño también, Diego Rivera, sentado al pie de una cama austera, asiste a la clase de Sor Juana, su compatriota. ¿Cómo leyó Diego Rivera a Sor Juana? Es difícil saberlo. Lo cierto es que el niño Rivera culmina una escena coronada por algunos ex-votos que nos recuerdan la ausencia, o la presencia, de Frida Kalo, la artista mexicana, su pareja.

—¿Qué reúne a estos personajes?

—La emancipación, y su contrario.

Sor Juana, como Simón, dialogan sobre eso precisamente. La emancipación, la libertad, la búsqueda de la felicidad. Con ellos aprendemos que, más allá de los hábitos, lo que cuenta es la pasión y la persistencia. Y por supuesto el humor…

Al final, un locutor de radio, en kichwa, se dirige al público. Y pronuncia los nombres de estos ilustres personajes que reconocemos como quien reconoce en un aguacero una gota de agua.

 

 

(Dolores Cacuango y Tránsito Amaguaña)

(Esta escena contiene un volcán con un sendero que nos llevará a su centro a través de una experiencia inmersiva que nos hará recordar y/o (volver) a vivir y bailar las historias de las luchas indígenas del Ecuador de la mano de dos de sus principales lideresas: Dolores Cacuango y Tránsito Amaguaña)

Vengan. No tengan miedo. Mama Dulu y Mama Tránsito les esperan. Escuchen sus pasos. Vengan. Recuerden. En su sangre llevan los conjuros de los sacrificios telúricos que les ayudó a caminar. Vengan, que sus lágrimas de fuego nos abracen y las nuestras den vida a su sangre volcánica, valiente, aguerrida, digna…Tejámonos con ellas. Unidas como a un poncho tejido tracemos chaquiñanes de memorias sanemos zapateando. Zapateemos hacia la vida, hacia la lucha, hacia la muerte… aunque pongan fusil, aunque pongan bala, aunque haga frio… zapateemos en ésta tierra para que termine de ser nuestra, y dejemos rastro, para que otras sigan, y para que los montoncitos de pasos conviertan el dolor en hoguera que se inflame y crepite como un volcán, sonido eterno de su existencia.

 

Escultura por Pepe Pistolas

  • En la Amazonía ecuatoriana existe un derrame petrolero o más por semana.
  • Texaco operó en el Ecuador hasta 1992. La transnacional fue responsable del derrame de no menos de 71 millones de litros de residuos petroleros.
  • Texaco contaminó más de 2 millones de hectáreas de la Amazonía.
  • Estos derrames contaminan las aguas de los ríos aledaños.
  • Así, la salud de las comunidades campesinas e indígenas —que beben esta agua— se ha visto gravemente comprometida.
  • Los índices de enfermos de cáncer en estos territorios son los más altos del país.
  • Donde se explota el petróleo se dan también múltiples opresiones sobre otros cuerpos.
  • La explotación viene acompañada de procesos de genocidio cultural de las culturas indígenas.
  • En las zonas de explotación petrolera los índices de tráfico de personas, prostitución y violencia de género son extremadamente altos.

Homenajeamos a los líderes comunitarios, indígenas y campesinos que han luchado contra los abusos de las compañías petroleras en la Amazonía. Extendemos nuestro cariño a María Aguinda, lideresa anti-explotación, que se encuentra con un cáncer avanzado producto de la contaminación petrolera.

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