Bienvenidas y bienvenidos al Archipiélago In(di)visible.

En este recorrido narrativo les vamos a proponer experiencias sensibles alrededor de algunas temáticas —islas— como son: las Identidades anti-coloniales, las Necropolíticas, la Naturaleza, entre otras. En este recorrido van a acompañarles una Nieta y su Abuela. Ellas simbolizan el porvenir y la memoria: en el Archipiélago creemos que no existe la una sin la otra… Irán con ustedes para suavizarles el viaje, no estamos solos. Y es que por momentos parecerá que las Islas (escenas) no tienen mucho que ver entre sí, que son capítulos dispersos. En ese sentido, ustedes, lectores de este texto particular, sabrán decidir e interpretar lo que van a vivir. Sin embargo, si prestamos atención notaremos que las islas del Archipiélago están hiladas. Aquí algunos ejes de lectura para interpretar esta obra tan particular: 

Primer punto de orden: El Archipiélago somos todas. Porque la imagen del Archipiélago afirma, por un lado, la distancia entre las islas, la diversidad del mundo, nuestras diferencias; y por otro, afirma que a pesar de la diversidad, somos indivisibles. Somos un conjunto de islas, que preservan su diversidad pero se mantienen unidas en la diferencia.

Segundo punto de orden: el Archipiélago trata sobre la ocupación, o la re-ocupación de un lugar muy particular. El Palacio de Cristal del Itchimbía, es una estructura de hierro que fue importada en 1904 por Eloy Alfaro. En esos tiempos, en Europa, estas estructuras albergaban las exposiciones universales en las que los imperios exponían las riquezas de los territorios colonizados: esta arquitectura nació colonial, sirvió para la exhibición de las colonias desde una perspectiva eurocéntrica. El gesto genial de Alfaro consistió en utilizarlas para albergar mercados populares y así descolonizarlas. Este palacio en particular algún tiempo fue el mercado de Santa Clara. Claro que luego la cuestión se tergiversó de nuevo…un palacio de cristal… ¡Qué impostura! Así, el Archipiélago procura, sino revivir, al menos evocar la memoria popular de este espacio, y nos compete a nosotros re-ocupar esta plaza pública.

Tercer punto: Los monigotes que van a descubrir a continuación no están ni vivos ni muertos. Representan a los que estuvieron antes, y que han luchado. Convocan sus espíritus que persisten: en el Archipiélago estos personajes son nuestros contemporáneos y nosotros nos metemos en sus historias. Los monigotes simbolizan también la transición ritual entre los tiempos que se cierran y los que se inauguran. Nosotros cerramos algunos ciclos: en particular el del Bicentenario de la Batalla de Pichincha. Conviene entonces mirar lo que ha sido este “paisito” en estos 200 años, sus derrotas, la persistencia de la colonia…pero también sus éxitos: no todo ha sido tan malo, aquí estamos firmes, llenos de ilusión. Si es que somos capaces de apreciar eso, lo que ha resistido a pesar de todo, lo que contiene al porvenir, entonces la victoria nos estará asegurada. 

 

Aquel día, el 15 de noviembre de 1922, la gente salió contenta a celebrar el poder de la organización colectiva, salieron con sus familias y en el ambiente no cabía la ilusión. Así suelen ser las marchas, pequeñas ventanas sobre la utopía. Como en junio 22 y en octubre 19 cuando había un júbilo en el zapateo. “Otro mundo es posible”, se decía y por un segundo nos lo creímos.

Sin embargo, un hilo de muerte ya surcaba los aires. Horas antes de la masacre del 15 de Noviembre, los notables, los oligarcas de la época—igual de blanquitos y rabiosos que los de ahora— ya habían preparado el discurso en los medios. Que quienes marchaban eran todos ignorantes o prostitutas y ladrones, que eran todos comunistas, que el caos y la perversión socialista… Los columnistas siempre han tenido facilidad para justificar la muerte. Que Inocencio Tucumbi murió por “golpista y terrorista”. Igualito estuvo “justificado” el Arrastre de Eloy Alfaro, una década antes. Cristóbal Gangotena y Jijón, por ejemplo, decía que los revolucionarios liberales no eran más que una “plebe ebria de sangre”, “zambos sin ninguna Cultura”. Los medios de comunicación entendidos como repetidoras de los discursos más recalcitrantes y racistas de la época, ¿les suena conocido?

En este momento del Archipiélago, nos tomamos la libertad de hacer referencia a varias fechas que se cruzan. Las yuxtaponemos para tender vínculos históricos sobre una historia que se repite: el arrastre de Alfaro, la masacre de 1922, octubre 2019 y finalmente la primera ola de COVID-19 en Guayaquil. Cuando en nuestra Historia el poder ha ordenado la muerte de los Nadies, o cuando simplemente los han dejado morir. No quiero ser perverso, pero ¿quién puede negar que ha habido un cierto gozo de las élites cuando les dicen que los de los Barrios se están muriendo?… Las cruces sobre el agua, los ataúdes de cartón… Que los zambos sin cultura, y que los indígenas se vuelvan al páramo. La historia no cesa de repetirse.

Una vez más tenemos que tomar partido. Que las emisoras no nos nublen la empatía.

Todas las islas

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